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martes 12 de febrero de 2008

Antonia a los 7 años


Estudió en el colegio Saint's George. "En el colegio sobrevivía, era un poco floja. Nivelaba en castellano, nivelaba en historia, pero en matemáticas era un desastre, en química era un desastre. Cada clase de química era un infierno, cada vez que entraba sentía que todas las fórmulas se incendiaban en mi cabeza", dice riendo. Y se pone más seria cuando cuenta que el colegio dejó de gustarle en tercero medio: "Pensaba que no tenía ningún sentido que siguiera yendo a ese infierno porque ya sabía sumar, restar, multiplicar y dividir y creía que con eso era más que suficiente. Tenía ganas de estudiar lo que quería y dejar de perder mi tiempo. Era una adolescente bastante soberbia y muy rebelde. También era más peleadora y más dura... quizá más enojada con la vida. Pero me he ido suavizando con el tiempo. Hoy soy bastante menos pesada de lo que pude haber sido en esa época".Siempre ha sido amiga de las preguntas complicadas, de las respuestas pensadas y de la búsqueda de una identidad propia. Interés que partió durante su adolescencia cuando con sus amigas empezó a aficionarse a la música triste, a películas como The Wall y a los libros de Rimbaud o Baudelaire. "Fue una época en la que lo pasé bien y mal al mismo tiempo. Por un lado veíamos todo terrible y nos engrupiamos con una especie de temporada en el infierno, inventada a la medida de unas niñitas adolescentes de Santiago, pero por otro también fue todo un despertar al arte, a conocer ideas nuevas y fantasear con desarrollar cosas tan potentes como las que leía".